La génesis de las muñecas de trapo góticas se remonta a la ficticia aldea victoriana de Oakhaven, alrededor de 1888. No eran juguetes, sino pequeños talismanes de consuelo creados por la modista Isolde Blackwood, quien comenzó a usar retazos de terciopelo oscuro y encaje negro para coser figuras melancólicas tras el cierre de su fábrica. A diferencia de sus contrapartes coloridas, estas muñecas, con sus botones desparejos como ojos fijos y sus hilos sueltos simbolizando el desgarro emocional, eran consideradas por sus dueños como “guardianas silenciosas” de los sueños olvidados y las penas no expresadas. Su estética sombría y artesanal, con detalles como cicatrices bordadas y cabellos de lana negra azabache, trascendió rápidamente los muros de Oakhaven para convertirse en un símbolo underground de la belleza que reside en la melancolía y lo imperfecto.